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miércoles, 12 de septiembre de 2012

El Día del Terrorista en el país de los Derechos Humanos


Por Agustín Laje

Como una manera de examinar la realidad y extraer de ella conclusiones válidas, Aristóteles enunció una serie de reglas lógicas entre las que se encontraba la “ley de no contradicción”, que afirma que una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo contexto.

Va de suyo, empero, que al ser humano le es cotidiana la contradicción. De no ser así, la misma noción de lógica no tendría sentido, pues todo sería indefectiblemente lógico. No obstante ello, también es cierto que no todas las contradicciones son igualmente graves. Algunas son inocentes y otras deliberadas; algunas son inofensivas y otras peligrosas… y hace algunos días hemos conocido una que es insultante.

En efecto, el pasado viernes 7 de septiembre se celebró el llamado “Día del Montonero”, al cumplirse 42 años de la muerte de los jefes terroristas Fernando Abal Medina y Gustavo Ramus que, en 1970, cayeron en un tiroteo con la policía en William Morris, partido de Hurlingham.

La espeluznante conmemoración fue organizada por grupos ultrakirchnersitas como Kolina (de Alicia Kirchner), el Movimiento Evita, Negros de Mierda, y Tupac Amaru, entre otros. Entre los concurrentes, como no podía ser de otra manera, se divisaron entusiastas militantes de La Cámpora, organización que pretende erigirse en la continuidad ideológica de la facinerosa banda homenajeada.

Dado que la llamada política de “memoria, verdad y justicia” impulsada por el kirchnerismo se ha caracterizado por reconstruir (o mejor dicho, destruir) la trágica historia de los `70 bajo la más absoluta parcialidad, vale la pena responder, lo más resumidamente posible, al interrogante siguiente: ¿Quiénes fueron y qué hicieron los Montoneros?

Montoneros nace públicamente como organización armada en 1970 con el secuestro y asesinato de Pedro Eugenio Aramburu. Casi inmediatamente se ganaron, a raíz de este hecho, la confianza del peronismo y del propio Perón, que desde su exilio alentaba el accionar de esta banda con el objeto de desgastar la “Revolución Argentina” que lo mantenía proscripto.

Si bien los Montoneros en sus tres primeros años de vida dijeron adscribir al peronismo, la verdad era un poco más compleja. Años antes del inaugural asesinato de Aramburu, la mayoría de los perpetradores del hecho de marras (Arrostito, Abal Medina, Ramus, Maza y Capuano Martínez) ya habían pasado por Cuba para ponerse bajo el paraguas del marxismo-leninismo, como lo afirmarán en La Biblia en 1973. Ya habían pasado por La Tricontinental y la OLAS, conocidas reuniones convocadas por el castrismo para delinear la estrategia revolucionaria regional.

Todo esto se vio con mayor claridad al retornar la democracia al país y levantarse la proscripción al peronismo. En efecto, en estas nuevas circunstancias, los Montoneros continuaban poniendo de manifiesto que se encontraban en guerra, aunque ahora contra gobiernos constitucionales y peronistas: “Nuestra estrategia sigue siendo la guerra integral” (Revista Militancia, 1973). Mario Firmenich lo dijo con claridad meridiana en septiembre de 1973 cuando, ante la pregunta de un periodista de si Montoneros abandonaría la lucha armada, respondió: “De ninguna manera. El poder político brota de la boca del fusil”.

El desarrollo de esta “guerra integral” incluía una variedad innumerable de acciones terroristas de toda naturaleza: tiroteos tanto con víctimas discriminadas como indiscriminadas en la vía pública (como el asesinato de Rucci en 1973); ataques frontales contra guarniciones militares (como el intento de copamiento del Regimiento de Infantería de Monte en Formosa en 1975); colocación de bombas en edificios públicos (como la que voló la Superintendencia en 1978); colocación de bombas bajo aeropuertos (como la que explotó bajo la pista de aterrizaje del aeropuerto tucumano en 1975); uso de coches-bomba (como el que acabó con la vida de 11 personas en 1976 en Rosario); atentados bajo el agua con buzos tácticos (como la voladura del yate en el que viajaba Alberto Villar en 1974); atentados con bazookas (como las RPG-7 utilizadas en 1978 contra la Casa Rosada); secuestros de empresarios nacionales (como el del Ingeniero Mascardi en 1974) y extranjeros (como el del Ejecutivo del frigorífico SWIFT A.Valochia también en 1974); ocupaciones de aeropuertos (como el de Formosa en 1975); tomas de ciudades enteras (como La Calera en 1970), entre otras muchas formas de terrorismo preferentemente urbano.

Bajo las balas y bombas montoneras murieron cientos de personas de todas las edades, profesiones y clases sociales. Fueron asesinados ancianos como Marga­rita Oba­rrio de Vila (82 años), y jóvenes como Paula Lambruschini (15 años), ambos víctimas de una bomba que voló un edificio porteño en agosto de 1978. Fueron asesinados humildes soldados como los conscriptos que defendieron el cuartel de Formosa en 1975, y políticos que eran considerados enemigos, como el radical Arturo Mor Roig en 1974. Fueron asesinados sindicalistas como José Ignacio Rucci en 1973, y empresarios como José María Paz en 1974.

La regla del terrorismo es, como se desprende de lo analizado, clara y precisa: sistematizar y generalizar la muerte en todos los sectores y niveles sociales, pues es la forma más efectiva de infundir y diseminar el terror. Lograr que toda la gente, por igual, sin distinciones de ningún tipo, tenga la sensación de que su vida está en constante peligro es la meta por excelencia del terrorista. Montoneros tenía esto bien en claro; lo aprendieron tanto en los cursos recibidos en Cuba, como en sus manuales para la “guerra revolucionaria” (“el terrorismo es un arma a la que jamás el guerrillero debe renunciar” enseñaba el manual de Carlos Maringhella), como en la experiencia que recibieron de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) que los entrenó en 1977 en El Líbano y Beirut.

El pasado 7 de septiembre el kirchnerismo convocó a homenajear a la organización terrorista que estamos analizando. Consideran que su accionar es digno de reconocimiento. No debiera sorprendernos: es parte del “relato” transformar a los terroristas en “jóvenes idealistas”, borrando de la memoria a sus cientos de víctimas. O, si se quiere, haciéndolas desaparecer de la historia.

Así es como en la Argentina de los supuestos “Derechos Humanos” (tal la bandera monopolizada por el kichnerismo) con júbilo se festeja el Día del Montonero; es decir, el Día del Terrorista.

Algo no cierra. Una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo. O somos el país de los derechos humanos como insiste el gobierno de Cristina Kirchner, o somos el país que venera terroristas que violaron derechos humanos sistemáticamente.

El evento organizado por el kirchnerismo en William Morris el pasado 7 de septiembre responde con claridad esta disyuntiva.

martes, 21 de febrero de 2012

Un terrible error de juventud

"Alguien inventó una supuesta teoría según la cual hubo en el país una violencia asesina y nefasta y otra revolucionaria y digna de todo respeto. Las dos violencias -la revolucionaria y la represora- son parte de un pasado sobre el que se fue imponiendo una mezcla de amnesia y de dolor que, a partir de una justa condena, termina en una absurda reivindicación.

Estas cosas son parte, además, de un discurso del que somos rehenes, donde casi el único espacio legítimo está dado por el hecho de haber participado en la violencia revolucionaria de los años 70 (o, en su defecto, por aplaudir a los que lo hicieron). Allí el número de los desaparecidos no puede pronunciarse en vano, como si el mito fuera tan sólo una exageración de la verdad. La justa crítica a la demencia represora se revierte en adulación a la supuesta víctima, que termina siendo un héroe trágico sin culpa alguna que lavar.

Estoy inmerso en este debate debido al papel que me tocó jugar en esa época y al absurdo de que terminen siendo ellos, los revolucionarios, los herederos de un peronismo al que desprecian. Jamás participé ni me relacioné siquiera con los represores, no eran mi mundo ni dejaron nunca de ser mis enemigos. Pero la violencia surgió en mi grupo y se desarrolló en mi espacio: me casé en el 68, y más de la mitad de mis invitados fueron víctimas de esa represión. Ayudaban en misa Norberto Habegger y Horacio Mendizábal, quienes junto con Oscar De Gregorio me regalaron parte de mi luna de miel. Esos tres amigos fueron centrales en la violencia y caminan buena parte del libro Recuerdos de la muerte , de Miguel Bonasso. Una foto de nosotros cuatro cenando con la madre del sacerdote Camilo Torres me recuerda los prolegómenos de aquellas guerras.

Todo se inició con el golpe de Onganía y La noche de los bastones largos: destruir la Universidad implicó impulsar a la juventud hacia la violencia, que pronto se transformó en una práctica de la que me negué a participar. La discusión fue ardua y se fue volviendo agresiva. Sostuve siempre que no se trataba de una cuestión de valentía, sino tan sólo de enfrentar al sistema en su lugar de mayor fortaleza.

Quedamos amigos, pero separados. Con dos de ellos me seguí viendo siempre, aun en sus peores momentos, hasta en el Mundial de fútbol del 78, cuando ya casi nadie aceptaba el riesgo de frecuentarlos. El tiempo resolvió aquella disputa entre violencia y democracia. La resolvió sin dejar dudas, y no se necesita negar el resultado para salvar la dignidad y el heroísmo de sus víctimas.

Fuimos muchos los que enfrentamos aquella práctica violenta, y teníamos razón. Lo importante no es que nos lo reconozcan como personas. Lo imprescindible es que aquello, que tuvo mucho de demencia, no termine ocupando, en el relato que hereden nuestros hijos, el lugar de la sublime rebeldía.

Nadie deja de respetar la dignidad y valentía sin límites de las madres y abuelas de los desaparecidos. Pero debemos tener cuidado, porque no es en el amor de los deudos donde explican y encuentran razón las propuestas de sus hijos. Si los jefes responsables de aquella demencia están vivos y no tienen nada que aportar es debido a la pobreza ideológica de aquella causa.

Son decenas los sucesos que viví en aquellos tiempos. Tantos, como silencios guardo de dolores y fracasos, errores y también traiciones. En el exilio o en el retorno, muchos valientes en la guerra no estuvieron presentes cuando había que ayudar al amigo necesitado o herido, sobreviviente de la contienda. Fui casualmente el diputado electo que más tiempo compartió con los presos en Trelew, ni siquiera pude asumir y jurar con mis compañeros al estar ocupado en los viajes de traslado de esos detenidos a esta Capital. Participé en el velatorio clandestino de Fernández Palmeiro, herido de muerte por el custodio de Hermes Quijada. Somos muchos los que no acompañamos la violencia, mientras nos mantuvimos amigos y solidarios con esa entrega en la que no encontrábamos coincidencia ideológica. Por eso defiendo la posición del general Perón cuando enfrentó la violencia con la lucidez que nos hubiera ayudado a evitar esa confrontación; no por el sólo hecho de mantenerme fiel a aquel oficialismo, sino por el daño enorme que implica reivindicar ahora el error que nos llevó a tanto dolor.
La condena a la violencia, el abrazo y encuentro con Ricardo Balbín y la convocatoria a la unidad nacional son ya patrimonio indiscutible de nuestra sociedad. Nada hay más retrógrado que negar la validez de ese aporte.
El encuentro casual entre el pragmatismo de la presidenta Cristina Kirchner y los sobrevivientes de aquella gesta no es un detalle político: implica una peligrosa reivindicación de los errores del pasado con el solo propósito de encontrar culpables en los casuales enemigos del presente.

La violencia pudo haber encontrado justificación durante la dictadura, pero fue un grave error su ejercicio en democracia. Los vericuetos de la historia hicieron que el verdugo, con sus uniformados y sus mandantes, perdiera su derecho a existir por la atrocidad de la represión que ejerció. Pero no es allí donde la violencia encuentra su justificación, ni remotamente ésa la consecuencia buscada.

Jamás olvidaré las palabras de aquel guerrillero que, en plena dictadura, me dijo en charla mesurada: "Se necesita mucha sangre para que se acorten los tiempos". Era mi amigo del alma y estaba comprometido con sus palabras. Errores que se pagaron con demasiadas vidas, donde muchos eligieron el riesgo de la muerte, al asumir el camino equivocado.

Nunca fui parte de la violencia como miembro asumido de esa causa, pero de los amigos presentes en mi casamiento religioso, más de la mitad perdió la vida por ella. Compartí demasiadas etapas sin ser otra cosa que un simple amigo de aquellos con los que no coincidía, desde mi exilio hasta mi secuestro; todo fue simple consecuencia de esa amistad. Los militares asesinos pensaban que quien no estaba con ellos coincidía con sus enemigos, y algunos revolucionarios intentaron opinar algo parecido.

Cada tanto me vuelvo a encontrar con algunos de los más duros de aquellos tiempos y pasamos horas rodeados de recuerdos, de momentos sublimes y también de agachadas, siempre con tantos ausentes, como si tuviéramos más de 100 años. Pero seguimos enamorados del debate, aunque ninguno hace la autocrítica. Eso sí, supimos crear entre unos y otros un ejemplo de mundo solidario. No habremos llegado al socialismo, pero al menos intentamos ser dignos de ocupar el espacio de buenas personas. Son heroicos los que entregaron sus vidas por la noble causa de recuperar la justicia para los que menos tienen, pero con la misma vehemencia hay que decir que estamos obligados a cuestionar el error aquellos que, de una u otra manera, pudimos sobrevivir a esa demencia. Son demasiados los que participaron del sacrificio y se mantienen en silencio con la conciencia de haber sido leales a sí mismos.

Recuerdo la noche en que el maravilloso Tuly brindaba en la mayor pobreza por sus 40 años. Levantó la copa y dijo: "Este es mi segundo exilio y yo nunca fui gobierno". Detrás de tanta hojarasca hay miles de militantes dignos que transitan la madurez en silencio. Respetar a los desaparecidos es tan importante como insistir en el error de sus ideas. A los héroes los define la entrega; a la política, el acierto. Y la historia sólo vale cuando se somete al rigor de la verdad.

Ellos soñaron y lucharon por un mundo mejor, cumplieron dignamente la obligación de toda juventud. Ahora es el tiempo del consejo sabio a los hijos. Aclarémosles a ellos que la entrega fue un regalo de la vida y la violencia, un terrible error de juventud."

Julio Bárbaro en La Nación de hoy

sábado, 18 de julio de 2009

El zorro cuida el gallinero

El Ministerio de Defensa informó que se realizó una segunda edición del “Curso de especialización en Derechos Humanos”, ejemplar que había sido editado en 2006.

Cuando leo quienes intervinieron en su redacción, aparece en "Políticas Públicas en derechos Humanos”, el Dr. Eduardo Luis Duhalde (Segundo de la izquierda en la foto)

Ud. sabe quién es ¿Luis Duhalde?

Ya muchos han olvidado que en el año 1973 y 1974, cuando gobernaba en Argentina el General Juan Domingo Perón, Luis Duhalde dirigía una publicación que se llamaba “Militancia Peronista por la Liberación”. El problema era que el actual Secretario de Derechos Humanos quería liberar al peronismo, pero de la influencia del propio Juan Domingo Perón. Por eso su publicación fue oportunamente prohibida por el régimen peronista. Desde sus páginas, este hombre incitaba y publicitaba los crímenes y atentados de las Organizaciones Terroristas. Los Montoneros, El ERP, las FAR y todas las Organizaciones Armadas encontraron en sus páginas un vehículo para expresar sus comunicados. Cuando querían promocionar sus crímenes, las páginas de la revista de Duhalde se ofrecían presurosas.

Pero la revista no sólo se limitaba a promocionar los actos del terrorismo. En algunos números se encargaba también de seleccionar los blancos de las organizaciones armadas. Arturo Mor Roig, el Padre Carlos Mujica y José Ignacio Rucci, habían sido señalados como enemigos de lo popular y nacional en una de las secciones de la publicación, que sugestivamente tenía el nombre de Cárcel del Pueblo. Los tres fueron asesinados al poco tiempo de haber aparecido en la revista.

Luis Duhalde iba preparando a la opinión pública para que comprendiera el crimen que seguramente ya se estaba preparando. Pero el trabajo de Duhalde no se limitaba a la Revista Militancia.

En sus Memorias, el terrorista Enrique Gorriarán Merlo lo identifica como un activo integrante del Instituto de Relaciones Internacionales, siendo este un apéndice del Ejército Revolucionario del Pueblo. El mismo delincuente también afirma que Luis Duhalde estuvo en Managua en el año 1986 cuando se le dio forma al Movimiento Todos por la Patria, organización terrorista que pasó a la historia en el año 1989, cuando en pleno gobierno de Raúl Alfonsín, asaltó los cuarteles de la Tablada.

Todo lo dicho tal vez ayude a comprender la frase que Luis Duhalde expresara en el momento en que toma conocimiento de la muerte del Líder del ERP, Mario Roberto Santucho. “Pensé que la derrota se había consumado”, dijo Duhalde. Para nuestro Secretario de Derechos Humanos la muerte de uno de los terroristas más sanguinarios y peligrosos lo llevaba a reflexionar que la derrota se había consumado.

Esto demuestra acabadamente que Luis Duhalde no era ajeno al terror. El era parte de ese entramado macabro que intentó la ocupación del poder por medio de la violencia indiscriminada.

En la edición del 14/02/07 del diario español “El País”, le preguntó sobre su relación con las organizaciones terroristas argentinas en los 70, a lo que contestó “No respondo a las acusaciones de los sectores contrarios a la política de derechos humanos”
Cuando la familia de Benito Urteaga hizo un reclamo -fundado en la ley “reparatoria” 24.411- ante la Secretaría de DDHH de la Nación (Expte. 379.361/95), el estado cumplió apresuradamente, y el 2 de junio de 2000 se firmó la resolución por la que le fue concedida a la familia de quien fuera segundo jefe del “ERP” - el grupo terrorista local más sanguinario de la década del 70 -, una indemnización de U$S 220.000. O sea, el pueblo argentino fue obligado a pagar una fortuna a la familia de un jefe terrorista que el mismo pueblo repudió en los 70.
Sin embargo, el Secretario de DDHH (de algunos), Eduardo Luis Duhalde, le denegó igual derecho indemnizatorio a la familia del Capitán Juan Carlos Leonetti, (expte. 126.673/00, Resolución N° 406 del Ministerio de Justicia y DDHH del 16/3/06). Vale recordar que el capitán Leonetti murió en el mismo combate en que cayó Urteaga, el 19/7/76.
Es decir, que según el criterio de Eduardo Luis Duhalde, el terrorista que atentó contra el Estado y la sociedad debe recibir una compensación del mismo Estado, que paga la sociedad. En tanto el Soldado que murió cumpliendo con su deber, de uniforme y de frente, y defendiendo a ese Estado de aquellos que lo atacaron, debe recibir… nada.
¿Ahora entiende porqué creo que vivimos una mentira permanente?